
En el vidrio esmerilado una pequeña sombra se movía, de un colorado y parte de azul, quizás un verde. Colores sucios, apagados, difusos. Saber quién era el propietario de mi entretenimiento era imposible; entonces imaginé. A punto de pensar algo estimulante, la sombra se hizo gigante. La puerta se abrió.
Un gordo con cara colorada, casi roja, y bigotudo me miró en silencio; me dio una bolsa para mi vieja. Volví a mi casa pensando antónimos de estimulante.
También eso fue decepcionante, desalentador. La verdad, deprimente; no encontré ni uno.